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lunes, septiembre 21, 2009

El terrible miedo al compromiso

Buenos días!

El día de hoy y antes del update del fin de semana, o en lo que lo hago, le copypasteo este artículo que leí hoy en El País.





Queremos estar enamorados y luego nos entra el pánico. Es básico conocer nuestro estilo afectivo para ser capaces de vivir acorde con él con integridad y sin hacer daño a los demás.
Si corren malos tiempos para la pareja, aún anda peor la capacidad de emparejarnos. Vivimos una especie de epidemia que consiste en desear de una manera loca estar enamorados para después sufrir como una condena ese lazo por el que tanto suspiramos. El compromiso afectivo da un miedo terrible.


Debe de ser verdad que, a pesar de lo mucho que hoy sabemos de la vida, seguimos cometiendo el error de vivir entre la felicidad y el sufrimiento. Un ejemplo lo podemos observar en los emparejamientos actuales. Nadie quiere renunciar a la pasión abrasadora del enamoramiento, pero a la vez se quieren evitar los quehaceres del compromiso. Ya ni tan siquiera sirve aquello de “ni contigo ni sin ti”. Ahora sólo funciona el “contigo, pero sin ti”.


El ascenso de eso que venimos llamando miedo al compromiso afectivo está alcanzando tal magnitud, que cabe pensar si realmente es un problema sólo de miedo o si estamos ante un cambio de modelo afectivo que también está en pleno proceso de transformación. Incluso hay quien se cuestiona si no habremos sobrevalorado la pareja como forma de transitar por este mundo.


Cuestión de estilos afectivos


Puede uno amar sin ser feliz; puede uno ser feliz sin amar; pero amar y ser feliz es algo prodigioso (Honoré de Balzac)


Cuando dos personas se gustan e inician ese periodo de cortejo, que hoy dura lo que dura un telediario, se ponen en juego dos estilos afectivos. Es decir, dos maneras de amar. Nadie ama igual, aunque la psicología reconoce algunos estilos en los que todos podemos más o menos identificarnos.


El estilo afectivo tiene mucho que ver con cómo hemos sido amados en nuestra más temprana infancia y en cuál ha sido nuestra respuesta, es decir, con cómo hemos gestionado el apego. De eso se ocuparon hace ya unos años el psicólogo John Bowlby, además de Harry Harlow y posteriormente Mary Ainsworth. Dicha teoría del apego enfatiza la importancia del vínculo emocional que desarrolla el niño con sus padres o sus cuidadores de referencia.


Distinguieron tres tipos de apego: el seguro, el inseguro y el ambivalente. Eso lo observaron al realizar una serie de actividades, que voy a simplificar, en las que las madres dejaban al niño solo, jugando, para volver más tarde, o bien la madre permanecía en compañía de otra persona adulta.


Al irse mamá, todos los niños solían llorar para luego entretenerse en sus juegos. Lo interesante llegaba al volver la madre. Los niños de apego seguro se alegraban de su vuelta y se echaban a sus brazos. Los niños de apego inseguro, en cambio, se hacían los remolones, ignorando el contacto con la madre. Como una especie de “me has hecho sufrir, pues ahora paso de ti” (¿les suena eso aún hoy como adultos?). Los ambivalentes eran los más ansiosos, reaccionando ahora de una manera, ahora de otra. Esa huella la mantenemos casi de por vida.


El apego hoy

Nunca amamos a nadie: amamos sólo la idea que tenemos de alguien.


Lo que amamos es un concepto nuestro, es decir, a nosotros mismos (Fernando Pessoa)
Estudios más recientes han actualizado esta teoría y han adecuado los estilos de tal manera que llega a entenderse por qué tanta gente teme el compromiso. Así se puede hablar de cuatro estilos en los que todos andamos más o menos metidos: el seguro, el preocupado, el huidizo y el temeroso.


A grandes rasgos, y para no andar con demasiados tecnicismos psicológicos, el estilo seguro se reconoce porque mantiene un adecuado equilibrio entre las necesidades afectivas y la autonomía personal. Suelen ser personas que tienen un modelo mental positivo tanto de sí mismas como de los demás, es decir, que confían en sí mismas, con una elevada autoestima y comodidad en las relaciones interpersonales y en la intimidad.


El estilo preocupado se caracteriza por un modelo mental negativo de sí mismo y positivo de los demás, con una elevada necesidad de apego. Son personas con baja autoestima, conductas de dependencia, con una necesidad constante de aprobación y una preocupación excesiva por las relaciones. En los casos extremos puede caer en conductas hostiles, como los malditos celos.


El miedo a amar


La señal de que no amamos a alguien es que no le damos todo lo mejor que hay en nosotros (Paul Claudel)


Al estilo huidizo se le puede añadir la coletilla “alejado”, puesto que viven las relaciones en un estado continuo de acercamiento-alejamiento. Son los que más dicen quererse enamorar para después sentirse con la soga al cuello. Por eso huyen. Suelen ser personas con una elevada autosuficiencia emocional, una baja activación de los deseos de apego, muy orientados al logro de sus objetivos y una elevada incomodidad con la intimidad. Por desgracia, los que sufren este tipo de apego confunden su necesidad de alejamiento con la falta de amor y por eso rompen relaciones una detrás de otra. Son los más proclives a huir del compromiso, y cuando lo logran hay que procurar no atarlos en corto.


Finalmente está el estilo temeroso, con un modelo mental que podríamos caricaturizar como “yo estoy mal, pero tú estás peor”. Se caracterizan por sentirse incómodos en situaciones de intimidad, por una elevada necesidad de aprobación, por considerar las relaciones como algo secundario y por una baja confianza en sí mismos y en los demás. El estilo temeroso tiene necesidades de apego frustradas, puesto que, al mismo tiempo que necesitan el contacto social y la intimidad, el temor al rechazo que les caracteriza les hace evitar activamente situaciones sociales y relaciones íntimas.


A todo ello hay que sumar las experiencias vividas que modelan sin duda nuestros estilos afectivos. Aunque podríamos discutir qué fue primero, si el huevo o la gallina, o el nido, es cierto que el miedo a amar también se reconoce ante los sufrimientos causados por amores mal entendidos. Por engaños y autoengaños. Por corazones rotos y desgarrados por el dolor del desamor. Nadie quiere volver a sufrir así. No es necesario. Por eso podemos aprender a amar desde la plenitud. Y eso empieza por aprender a amarse a uno mismo.


Amar con conciencia


Amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección (Antoine de Saint-Exupéry)


Conocer el estilo afectivo propio es fundamental. Primero para poder identificar las dificultades que tenemos en el marco de las relaciones y que no dependen sólo de con quién nos juntamos, para tomar responsabilidad sobre ello. Pero también significa aprender a vivir de acuerdo con el estilo afectivo que queramos desarrollar en la vida. No todo el mundo tiene que pasar por la vicaría, ni tiene que tener una familia, ni es un discapacitado emocional por no convivir en pareja. Lo importante es responsabilizarse de las elecciones que hacemos en cada momento, con integridad y sin dañar a los demás.


Arrastramos aún la necesidad de crear marcos en los que encajar nuestra existencia. Son útiles, ya que así sabemos cómo actuar y dónde están los límites. Pero también nos quitan flexibilidad, no nos permiten, como la vida misma, fluir con el presente y con los acontecimientos, sino que nos etiquetan, normativizan y crean expectativas y obligaciones que nos quitan autenticidad. Eso es lo que ocurre con el amor a veces. Se dan por hecho tantas cosas que es inevitable vivir en el autoengaño. Por eso, cuando Cupido se quita la venda de los ojos, no nos podemos creer en lo que nos hemos convertido.


Prefiero pensar que hoy disponemos de una conciencia diferente, la cual nos permita elaborar las relaciones día a día, sabiendo que andamos continuamente sobre la fina cuerda de la incertidumbre y que todo se debe ir resolviendo si hay capacidad de amarse. Y eso empieza por asumir cómo amamos y cómo queremos ser amados.

...


Muy bueno no? Lo releeré un par de veces y cuestionaré mi tipo de amor (crepuscular)...

viernes, agosto 21, 2009

Sobre la revista de verano de El Pais, post sin relacion alguna con mi vida actual

Leyendo el periódico El País en linea, en su revista de verano, me he encontrado con unos articulitos bastante buenos. En particular este, echenle una lectura, está divertido.



RAMÓN MUÑOZ
DESAMOR (Y 2)


[Cura]. Para el desamor sólo caben cuidados paliativos, nada milagroso ni definitivo. El dolor por la pérdida de la amada se puede aminorar. Pero la humillación extrema de no ser ya más amado, lo que llaman los bardos "la herida", no tiene compensación posible. Se lleva como un estigma. Si el finado encuentra luego otra amante, tendrá siempre presente la brutal escabechina en que acabó su anterior pasión. Y aplicará la desconfianza o el cinismo a su nueva relación. Consecuencia: será casi imposible que disfrute otra vez de la embriaguez del amor.

Un primer consejo: céntrese en los remedios caseros y huya de los trascendentales. No tome ninguna decisión que ataña al trabajo, la salud o el patrimonio. Todo sencillito. Salga con amigos que estén dispuestos a fingir que muestran interés por sus cuitas amorosas o haga actividades físicas extenuantes. El caso es que no se quede solo con su dolor. Es mil veces más fuerte que usted. Esquívelo con pastillas, televisión o alcohol, lo que sea. No se le ocurra plantarle cara porque le linchará sin contemplaciones a la vista de todos y al final de esa pelea desigual le dejará balbuceando un discurso lloroso de mea culpa, que apestará a sus allegados y del que se mofarán sus enemigos.

El segundo consejo es el obvio en cualquier adicción: no consuma. La amada es ya un fantasma. Siempre estará su sombra en la alcoba, en el paseo, en cuantos lugares frecuentaron juntos, pero es sólo un espectro. No mantenga relación alguna con ella. Serán cientos las veces que busque un pretexto para llamarla, remitirle un email o mandarle un sms. Si lo hace, cavará su tumba, y le enterrarán vivo en ella. Piense que se fue para siempre. Ojo, no que se ha muerto, porque eso exacerbaría su pena. Necesita sentir que está viva para no olvidar que le despreció, y que el resquemor mate a la nostalgia.

No lea. La lectura es idealizante. Los poemas de amor están estrictamente prohibidos y, bajo pena capital, los auténticos. Tenga presente que fueron escritos por grandes despechados como usted, y que leerlos sería como beberse una copa de ginebra como terapia de grupo en una reunión de alcohólicos anónimos.

Y basta de consejos inútiles. El desamor se cura con dolor y reloj. Alíviese con drogas, a ser posible legales, deje correr el segundero, y suerte. Está usted más solo que la una, por más que sus íntimos le intenten consolar con lindezas de comedia de enredo. Y lo malo del amor es que, en el fondo, sólo amamos la imagen que tenemos de nosotros mismos.



Lo bueno de estos temas es que ya no me afectan, en el amor, ni busco, ni encuentro, ni me aburro, ni me entretengo, ni me ilusiona ni me da pesar. Bueno, un poquito de ilusión, sí (pero habrá que ver cuando te vuelves sapo).